domingo, 25 de diciembre de 2011

Chica expuesta, joven desesperado, chico moribundo



A partir de tres impresionantes casos de adolescentes, la autora examina la angustia que puede afectar a los profesionales cuando están en juego la sexualidad y la función paterna y advierte sobre los riesgos de criminalizar, judicializar o medicalizar.

Una chica de 13 años, en Estados Unidos, posó desnuda frente a un espejo, se sacó una foto con el celular y se la envió a su novio, un compañero de curso. Poco después cortaron la relación y él joven envió la foto a una ex amiga de la joven, que a su vez la envió a todos los contactos de su celular con el siguiente texto: “Si pensás que esta chica es una puta, mandá esto a tus amigos”. Muy pronto, miles de estudiantes tuvieron la foto en sus celulares (The New York Times, abril de 2011). El sexting (envío de fotos y videos de contenido sexual desde un celular a otro) no es ilegal, pero cuando el contenido incluye a menores es alcanzado por la ley de pornografía infantil. La historia continuó así: el ex novio, la ex amiga y otra chica más, que había ayudado en la difusión de la foto, fueron arrestados. Se los acusó de diseminación de pornografía infantil. Eran pasibles de ir a un centro de detención juvenil y quedarían registrados como delincuentes sexuales. El fiscal de la causa no había tenido la intención de que recibieran sentencias tan extremas. Y llegó a un arreglo judicial: se interpretó el delito no ya como pornografía infantil, sino como acoso telefónico; se les condenó a la probation, preparar material de servicio público sobre el peligro del sexting. Además, debían optar entre asistir a una sesión con la joven damnificada o bien no volver a tener contacto con ella nunca más. A partir del caso, en muchos distritos escolares de EE.UU. prohibieron el sexting y autorizaron a los directores a revisar los celulares de los estudiantes.

Trataremos de articular este caso con dos recortes de situaciones ocurridas con jóvenes en un hospital de niños. La primera se refiere a uno de 15 años que había ingresado por guardia externa tras haber amenazado a su madre con un cuchillo de cocina. Fue ella quien relató lo sucedido: él había llegado a casa muy alterado y discutió con la madre, acusándola de la reciente ruptura con su novia. Se evaluó estado de “violencia contenida” y se le indicó una medicación. Por considerárselo un paciente “peligroso para sí y para terceros” (esto sucedía antes de la sanción de la nueva Ley Nacional de Salud Mental) se dio aviso a la policía para que tramitara la judicialización del caso y el traslado a un hospital monovalente, que se demoró. Tras una noche de internación en la guardia, tuvimos una entrevista con la madre: cuando relató nuevamente lo sucedido, eso que el día anterior parecía un rapto de violencia incoercible tomó visos de crisis adolescente. El chico padecía una secuela de mielomeningocele que lo obliga a sondarse para orinar, además de sufrir incontinencia de esfínter anal. Sus compañeros de secundario lo cargaban por el olor que a veces despedía. Desde pequeño, su cuerpo era esclavo de esa enfermedad. Pero la adolescencia obliga, a quienes quieran salir airosos de ella, a elaborar nuevamente eso que el cuerpo es para el ser humano, y él debió enfrentarse nuevamente con su cuerpo. Es que, por primera vez, se había puesto de novio. En el hospital, él se negaba a hablar pero su madre contó que había vuelto a la casa gritando, lleno de dolor y de furia, que la había culpado por haberlo dejado nacer con esa enfermedad, gritando que él no había pedido nacer. Entonces, el equipo tratante empezó a pensar en un abordaje distinto, pero la derivación solicitada seguía su curso. ¿Cómo devolverle las palabras a aquella encrucijada silenciada por la presentación plena de criterios de internación? ¿Cómo frenar la maquinaria que comprometía al equipo profesional y lo ubicaba en un lugar pasible de sanción por omisión?

La segunda situación fue un pedido de interconsulta poco común. Una médica residente de cuarto año nos pidió conformar un grupo con los otros residentes de la sala para hablar de Martín, paciente de 15 años que padecía un osteosarcoma. El tumor había invadido el sacro y tenía al paciente postrado, sin posibilidades de deambular; sin control de esfínteres y, aunque él aún no lo sabía, sin un pronóstico favorable. De la cintura hacia arriba, Martín estaba intacto. Podía hablar e interactuar perfectamente, a condición de permanecer en cama. En esa unidad de clínica no era frecuente que hubiera adolescentes. Los padres de Martín eran de edad avanzada y él se las arreglaba bastante por sí solo. Esto no parecía ser un problema para él, aunque sí para sus pediatras. Armamos un espacio grupal donde pudieran desplegarse las inquietudes y conflictos que el caso generaba en el equipo de pediatras. Probablemente lo más difícil era el contraste entre su lucidez y el dramático estado de su salud. En directa relación con esto, por ser un joven acostumbrado a manejarse solo, se hacía necesario hablar con él sobre su enfermedad, transmitirle a él los diagnósticos y pronósticos y pactar con él las diferentes formas de abordar el tratamiento. Y la posición de Martín frente al pudor también era diferente a la de un niño: no tenía reparo en desnudarse para ser examinado, tampoco le importaba si era atendido por un médico o una médica. En médicos más habituados a trabajar con niños era fuerte el impacto de un cuerpo prácticamente adulto. Les resultaba difícil entender que no se generara en él la vergüenza que hubieran esperado.

Procuremos enlazar las tres situaciones. Con relación al sexting, una investigadora de la Universidad de Harvard señaló que, si bien los varones y las chicas mandan fotos en la misma proporción, “mientras que un varón, pescado mandando una foto de sí mismo, puede ser considerado un tonto fanfarrón, las chicas, más allá de la audacia, son castigadas como prostitutas”. De esto concluye que las fotos de las chicas son más virales porque se las utiliza con el objetivo de avergonzarlas. De este modo, el episodio –aunque está atravesado por las coordenadas actuales de la tecnología, la inmediatez y la entronización de la imagen, cuyo uso bordea la pornografía–, presentifica ese resto imposible de eliminar que hace a la diferencia sexual.

La conocida fórmula de Lacan, “no hay relación sexual”, puede leerse en la perspectiva de que, para los seres hablantes, la no complementariedad entre varón y mujer trae aparejada la imposibilidad de eliminar la diferencia. En esta época, en que se intenta eliminar diferencias a través de discursos que se presentan como niveladores, es importante subrayar que, bajo la forma de anuncios escatológicos de decadencias, se superpone atropelladamente la noción de padre con la de autoridad. Se liga al padre casi exclusivamente con aspectos éticos y jurídicos. Pero ya Freud situaba otros aspectos del padre, que no atañen a su autoridad sino a su lugar en el Edipo, referido a la orientación fálica. El padre del que Freud se ocupa es aquel que, dividido por la angustia, transmite, a partir de la impotencia, la posibilidad de que el hijo desee, entendiendo por deseo algo que se vincula con la falta y no con algún contenido particular.

Por el contrario, se trata de algo cuya condición es, tal como la plantea Lacan, la de poder ser cualquier cosa como tal. El falo es el nombre de esa “otra cosa como tal”. El padre freudiano es aquel que, afectado por la inconsistencia de la ley, transmite algo del orden de la castración. Es el personaje kafkiano perdido en la búsqueda de la ley.

Ese padre freudiano, el de Malestar en la cultura, no está en vías de extinción. Quizá podemos hablar de caída de autoridad, y allí es donde las instituciones escolares, jurídicas y de salud toman un lugar más protagónico que el que tenían. Cada vez nos encontramos con padres más desorientados y afectados por la escisión vinculada con la dificultad de apoyarse en la autoridad. Padres que delegan. Educadores y profesionales de la salud que recurren a policías y a jueces. Y, dicho sea de paso, en el trato con jóvenes también se pone en juego otra forma que adquiere la diferencia, aquella que se conoce como diferencia generacional.

Estas cuestiones que hacen a lo irreductible de la diferencia, ¿cómo se ponen en juego en una institución ligada a la salud? En la primera situación clínica, los profesionales, interrogados por la dimensión ética de su práctica, se encuentran con la dificultad de la irrupción de la sexualidad en el cuerpo. Pero no sólo la del adolescente, sino la de cada uno. En la segunda situación clínica, el punto de dificultad se sitúa en el impacto que les produce a los profesionales el cuerpo casi adulto del adolescente enfermo, impacto que desemboca en una pregunta: ¿cómo es que al joven no le da vergüenza que lo vean? Se trata del punto donde lo que irrumpe es la sexualidad de quien atiende, tocando puntos de angustia. Y a veces, cuando la angustia aparece, se echa mano de la medicalizacióno de la criminalización o de la judicialización. Pero otras veces, como en ambas situaciones clínicas comentadas, es posible intervenir dándole espacio a la interpretación.

La criminalización, tematizada en la primera situación, conduce a la pregunta por la maquinaria jurídica que afecta a las intervenciones de los profesionales. La amenaza ligada a los juicios por mala praxis acecha. Pero, si para protegerse de la ley se recurre a la ley –desconociendo su inconsistencia–, la situación llega a tornarse kafkiana.

En Página 12. Por Adriana Bugacoff
Psicoanalista. Docente en la Facultad de Psicología de la UBA; supervisora de residentes de los hospitales Tobar García y Ramos Mejía. Texto extractado de un artículo incluido en la revista Psicoanálisis y el Hospital, Nº40, noviembre de 2011.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Los cinco errores más comunes en los padres de hoy



Les falta autoridad. Pierden la paciencia fácilmente. Son demasiado complacientes. No saben frenar las demandas. Confunden su rol al ponerse a la altura de sus hijos o considerarse sus amigos. Cada época tuvo sus padres con sus complicaciones particulares. Según los especialistas, a la nueva generación se le dificulta sostener el ejercicio pleno de la paternidad, entendida no sólo como el ser que ama y protege sino también como el adulto que pone las reglas y las hace cumplir.

El ser humano tiende a irse a los extremos. Después de generaciones de padres rígidos y distantes, ahora los más chicos están siendo criados por adultos a los que les cuesta horrores imponerse. Son papás que no quieren repetir viejos mandatos familiares y que además viven agobiados por las obligaciones cotidianas. Entonces no quieren ser los malos de la película el poco tiempo que comparten con sus hijos. El diálogo y la ternura son avances incuestionables para los chicos, pero permitirles todo y festejarles cualquier pavada tampoco es hacerles ningún favor. Sobra información y llueven los libros de crianza. Y aún así ¿por qué cuesta tanto ser padres hoy? Andrés Rascovsky, presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), es tajante: “El padre complaciente y amigo no cumple sus funciones, y la función paterna es indispensable. El padre debe instalar la responsabilidad y los valores. Y es quien debe brindarse como modelo de identificación”.

Su colega, Ana Rozembaum, apoya: “Hay un ‘borramiento’ de las diferencias generacionales que complica las relaciones entre padres e hijos. En otros tiempos los padres ejercían un exceso de autoridad, casi un autoritarismo que dificultaba los vínculos. Pero si deponen excesiva y prematuramente su rol, la situación es caótica”.

Hoy se instaló un nuevo fantasma: no ser queridos por los hijos, y su consecuencia más evidente, que es hacer todo tipo de concesiones. “Eso impide el armado de categorías básicas como la de posible-imposible, permitido-prohibido o lícito-interdicto”(Rozembaum). La psicoanalista Graciela Faiman ahonda en la falta de límites: “El chico al que le dejan hacer cualquier cosa está desprotegido. Y si no encuentra amparo en su familia, lo busca afuera”. Claudia Amburgo (APA), elogia y pega: “Hoy los padres hablan, blanquean situaciones y son afectivos, pero son intolerantes y viven apurados”.

Algunos están haciendo todo lo contrario a lo que sus mayores hicieron con ellos, “pero ni una cosa ni la otra, pensemos en la gama de grises que hay en el medio”, propone María Esther de Palma, de la Fundación Familias y Parejas.

La periodista Flavia Tomaello escribió un libro sobre el tema: “Qué animales somos como padres”. El chiste responde a un best seller de una norteamericana hija de chinos: “Himno de batalla de la madre tigre”. Su teoría es que para que los hijos triunfen en este mundo ‘cruel’ y ‘competitivo’, hay que ser rígidos en su educación. Y Tomaello responde que ni tigres ni conejos: “Nos precedieron generaciones de padres adustos que priorizaron el orden al vínculo. Eran adultos con carencias de comunicación. Se fundaba la autoridad en la distancia, se criaba con ‘mano dura’ y sin oportunidad de debate. En respuesta llegó el modelo centrado en el vínculo. Nacieron las familias de padres amigos de sus hijos. La autoridad fue proscripta y el eje central de la crianza fue dar a los pequeños la libertad de encontrar sus propios límites. Ninguna de las dos experiencias es plena”.

Una de las consecuencias más visibles de la crianza actual es el consumo desmedido. Los chicos piden, piden y piden, a veces sin reparar siquiera en qué, lo importante es que mamá o papá compren. Y compran. Está claro que las empresas saben dónde apuntar. Lo que no está claro es por qué los adultos sucumben tan fácilmente. “Se mercantiliza el vínculo, supliendo el tiempo de atención que los padres deben dedicar a sus hijos a cambio de regalos que generan un patrón de intercambio donde los chicos reclaman cosas como forma de pedir atención y los padres se las dan como manera de suplir el tiempo y cubrir la culpa”, dice el economista Matías Tombolini. Su consejo no sólo es barato, es de puro sentido común: a los chicos hay que prestarles atención. Hay que sentarse en su cuarto a jugar a los autitos, a las muñecas o a cualquier cosa. “No hace falta estar dos horas, con quince minutos de toda nuestra atención se puede reconfigurar el sentido de los bienes, que deben ser entendidos como un medio y no como un fin en sí mismo”.

La psicóloga Marisa Russomando insta a recuperar el instinto: “Los niños desean y necesitan padres responsables y divertidos”.

Por Mariana Iglesias
En Diario Clarín

jueves, 10 de noviembre de 2011

Frase del pedagogo Paulo Freire...



"Sería en verdad una actitud ingenua esperar que las clases dominantes desarrollen una forma de educación que permitiese a las clases dominadas percibir las injusticias sociales de forma crítica"

martes, 11 de octubre de 2011

12 de Octubre: Día del respeto a la diversidad cultural



Tradicionalmente se recordaba el 12 de octubre como el "Día de la Raza" La denominación fue creada por el ex ministro español Faustino Rodríguez-San Pedro, como Presidente de la Unión Ibero-Americana, que en 1913 pensó en una celebración que uniese a España e Iberoamérica, eligiendo para ello el día 12 de octubre, fecha del descubrimiento oficial de America.(los vikingos estuvieron en Terranova 500 años antes, pero por diversos motivos, entre otros políticos… no lo “patentaron”)

La primera pregunta para realizarse es: ¿De qué raza estamos hablando? Las Naciones Unidas abolieron el término raza en 1959 por carecer de todo valor científico y por servir solamente para incentivar el odio entre los hombres de distintas culturas. En Argentina el término se institucionalizó a partir de un decreto del presidente Hipólito Yrigoyen, que más allá de establecer el feriado nunca estableció el nombre “Día de la raza”. Eso fue parte de periódicos, la costumbre de la época y la influencia española.

Durante el resto del siglo XX en argentina continuó la mencionada denominación hasta que en el año 2007 el Inadi (Instituto nacional contra la discriminación, la xenofobia y el racismo) presentó un proyecto para que el feriado nacional del 12 de octubre sea denominado "Día de la Diversidad Cultural Americana". Finalmente y por un decreto presidencial del 2010 se institucionalizó al 12 de Octubre como “Día del respeto a la diversidad cultural” con la idea de transformar al mismo en una jornada de valorización de las identidades étnicas y culturales y de reflexión histórica.

Reflexión histórica que valore la lengua, la cultura, las tradiciones hispánicas, pero junto al recuerdo crítico del genocidio realizado contra los pueblos originarios americanos, el saqueo de los recursos mineros americanos (que se mantiene. Ahora con otras formas, pero se mantiene y a cielo abierto con la multinacional Barrick Gold, por ejemplo), la instalación de los secuestros extorsivos (acaso no fue eso lo que hicieron los conquistadores españoles con Moctezuma, en el imperio azteca? A pesar de que los aztecas pagaron toneladas de oro y plata como rescate, Moctezuma fue asesinado. Algo similar ocurrió con Atahualpa en Perú)

Hoy a más de 500 años, la conquista sigue y sigue la lucha desigual de los mapuches contra aquellos (generalmente grandes magnates europeos o norteamericanos) que se apropian de sus tierras, sigue la lucha desigual de los Qom, en Formosa, contra un gobierno provincial propio de la edad media y que se sostiene entre otras cosas por el apoyo del gobierno nacional.

Y también sigue la lucha de otros grupos, como los negros, que supieron ser un tercio de la población de la ciudad de Buenos Aires a fin de siglo XIX y hoy luchan por sus derechos y por intentar salir de un lugar lamentablemente invisible en nuestra sociedad.

Reflexionemos críticamente sobre esta fecha. Sin negar las raíces hispánicas pero relacionando a nuestro país con lo más profundas de las tradiciones y raíces americanas. Porque Argentina las tiene. Porque los argentinos las tenemos.

viernes, 7 de octubre de 2011

El otro debut



Ir a buscar trabajo en bermudas y ojotas. O avisarle al superior de un faltazo por SMS. Los jóvenes llegan a un mundo completamente diferente al de su cultura. Y se extrañan porque sus empleadores se extrañan de que no se adapten a las normas. Un estudio muestra cómo es esta nueva relación.

Los niños de los ’90 ya tienen trabajo. Crecieron en un mundo en el cual lo único constante fue el cambio, en ocasiones radical, de la vida cotidiana: computadoras hogareñas, teléfonos celulares, oferta inagotable de servicios de televisión, desarrollos sucesivos de Internet. Supieron acompañarlos, también, modelos de crianza que procuraban cuestionar, o al menos replantear, los que habían sido límites tradicionales en educación y socialización. Ahora son jóvenes y comienzan a ingresar al mercado de trabajo. Pero allí donde parecía que sólo iba a haber continuidad y encuentro de los mundos, sostienen algunos investigadores, se están registrando baches, brechas, pequeños abismos. Un informe del Centro de Estudios en Políticas Públicas (CEPP) sostiene que, de alguna forma, se trata de discontinuidades entre lógicas. Los chicos no comprenden por qué el reclutador de una empresa se sorprende de que hayan concurrido a una entrevista laboral en bermudas. Los empleadores, además de no comprender la sorpresa por la sorpresa, tampoco comprenden que los nuevos empleados pidan más que un salario importante y negocien condiciones.

El encuentro de los mundos
En algunas empresas, “la percepción es que los jóvenes participan de otra cultura y tienen grandes dificultades para insertarse en la de las organizaciones, e incorporar los hábitos y rutinas que les permitan participar” en los procesos habituales de esos lugares de trabajo. Esa es, redondamente, una de las conclusiones de “Relaciones entre los jóvenes, la escuela secundaria y el mercado de trabajo”, el informe de una investigación en proceso de Gustavo Iaies y su equipo del CEPP. Abstractas como pueden parecer las observaciones, los ejemplos que fueron recabando en el estudio para el cual entrevistaron a responsables de recursos humanos y empresarios son contundentes. La extrañeza, que es mutua, se presenta en los detalles cuando de selección de personal y negociaciones laborales se trata.

Los responsables de recursos humanos, sostienen los investigadores, se encuentran con que es creciente “la dificultad de los jóvenes para asimilarse y convivir con las reglas y valores de las empresas”. Esto sucede aun cuando chicas y chicos reconozcan la asimetría de base, según la cual sus edades y experiencias laborales son inversamente proporcionales a aquellas de las empresas en las que quieren ingresar. Puede pasar que las reglas más usuales en un lugar de trabajo tradicional, las normas que habitualmente regulan el mundo del trabajo, les incomoden. Puede pasar, contó un “ejecutivo del área de recursos humanos de una compañía de telefonía celular” a los investigadores, que chicos y chicas sienten que “las reglas de la empresa (...) no fueron hechas para él o ella y no están a la altura de aceptar que se les imponga cierto marco de trabajo. En muchos casos, es aceptar la autoridad y en otros, aceptar el procedimiento, pero son menos”. En una cadena de hipermercados, la divergencia resultó tan básica como la imposibilidad de cumplir con los requisitos mínimos: no faltar y llegar en el horario establecido.

Saltos generacionales
Esos pequeños abismos que, en el mediano plazo, podrían inclusive convertirse en conflictos o replanteos sectoriales, también son percibidos por sectores sindicales y gremiales. Lo que se inicia como comentario entre compañeros de trabajo pareciera adquirir status de ítem sindical, tanto que los representantes de los trabajadores llegan a interceder con pedidos específicos a las patronales. La directora de recursos humanos de una cadena de hipermercados asegura que “el propio sindicato nos pide que no tomemos chicos muy jóvenes porque resulta muy complejo trabajar con ellos y se vuelven permanentes generadores de conflictos”.

No muy lejos de la superficie, la cuestión de la edad comienza a aflorar como figurita repetida entre los motivos de esos incordios. Los nuevos jóvenes que detecta el informe de Iaies y equipo, “no viven el empleo como una prioridad central en la organización de sus proyectos de vida. El eje de la calidad de vida personal aparece como una prioridad, incluso en la evaluación que los propios jóvenes hacen para ingresar a una compañía o permanecer en un empleo”. En ciertos círculos, chicas y chicos, por eso mismo, se muestran cada vez más renuentes a construir identidades a partir de sus relaciones con el mundo del trabajo. “Pertenecen a una generación de mayor individualismo”, asegura un “consultor de recursos humanos de grandes compañías”.

Pero hay todavía algo más. La encargada de recursos humanos de la cadena de hipermercados señala que no es raro que los empleados jóvenes envíen “un SMS a su supervisor para avisarle que no vienen”. Clásico de una relación entre pares desde que el celular se volvió un elemento cotidiano, el mensaje de texto reviste también un grado de informalidad notable, y ni siquiera garantiza por sí mismo que el mensajeado haya sido notificado de su contenido de manera fehaciente. Y sin embargo la frecuencia con que se reitera elevó lo que parecía una anécdota a la categoría de asunto a resolver. En esa cadena de hipermercados, por ejemplo, “nos quedamos reflexionando hasta dónde ésa es una falta (del empleado) o es parte de la cultura de comunicación que tienen. Incluso la que tienen muchos de nuestros clientes, y eso nos hace pensar en que deberíamos generar algunas adaptaciones”.

Cambiar ¿para que nada cambie?
En una empresa de teléfonos celulares, la estrategia ante el ausentismo por enfermedad, elevado, consistió en convertir la falta en llamada de atención pero positiva: “En los controles de salud, en lugar de mandarles un médico, cosa que ellos viven como una invasión y control, los llaman a sus casas para preguntarles si necesitan algo. Y con el tema de la tecnología, los autorizamos dos veces por día para que se conecten a su Facebook o su Twitter”.

El antes y el después, de acuerdo con ejecutivos de recursos humanos formados generalmente con los recursos de otro mercado de trabajo, es notable. “Hace quince o veinte años vos tomabas un chico y le decías presentate el lunes en tal lugar –contó a los investigadores el responsable del área en la empresa de celulares–. Hoy se plantan a negociar con vos, te plantean sus condiciones, por ejemplo: ‘Los jueves yo juego al fútbol y necesitaría salir unos minutos antes’, o ‘¿no podría trabajar en una oficina que quede más cerca de mi casa así no viajo tanto?’. Es como si no existiera la asimetría para ellos, negocian de igual a igual con cualquiera y en cualquier situación.”

Pero a la sorpresa que encienden esas actitudes se le contrapone la sorpresa de perfiles que años antes eran inhallables. Lo cuenta un consultor independiente de grandes empresas: “Existe un grupo de jóvenes que logra adaptarse a las compañías en el funcionamiento y muestra competencias que antes era muy difícil encontrar, por la velocidad, la capacidad de procesar información”. Quién negaría que es un plus.

Por Soledad Vallejos
En Página 12, 28 de Agosto de 2011
Foto: Gonzalo Iglesias

viernes, 16 de septiembre de 2011

La noche de los lápices: recordar para no repetir


Se conoce como la Noche de los Lápices a una serie de diez secuestros de estudiantes de secundaria, ocurridos durante la noche del 16 de septiembre de 1976 y días posteriores, en la ciudad de La Plata.

Este suceso fue uno de los más representativos dentro de la represión impuesta por la dictadura cívico militar argentina, ya que las desapariciones se realizaron sobre estudiantes, en su mayoría, menores de edad.

El caso tomó notoriedad pública en 1985, luego del testimonio de Pablo Díaz (uno de los sobrevivientes) en el Juicio a las Juntas. Él mismo participó de la creación del guion que llevó la historia al cine en 1986.

Cuatro de los estudiantes secuestrados sobrevivieron a las posteriores torturas y traslados impuestos por la dictadura.

viernes, 19 de agosto de 2011

La discriminación en la edad más difícil



Una encuesta elaborada por Unicef muestra vivencias y percepciones de los adolescentes vinculadas con la discriminación. Tres de cada cuatro presenció alguna situación de ese tipo.

En Argentina, tres de cada cuatro adolescentes alguna vez vieron cómo discriminaban a otra persona. Y dos de cada cinco se sintieron discriminados alguna vez. La mayoría de las chicas y los chicos creen, además, que la sociedad es machista, racista y xenófoba y que también lo es la juventud argentina. Así lo afirma una encuesta realizada por Unicef Argentina a jóvenes de entre 13 y 18 años de los distintos puntos del país donde se juega la Copa América. Destacada como Entidad Benéfica oficial del torneo, Unicef exploró la percepción que chicas y chicos de centros urbanos de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, San Juan, Mendoza, Salta y Jujuy tienen de las situaciones de discriminación en sus vidas cotidianas y también del ámbito del fútbol (ver aparte).

La encuesta, domiciliaria, fue realizada entre el 17 y el 28 de junio, sobre 899 chicas y chicos seleccionados de modo tal que la investigación resultara representativa. Respondieron tanto jóvenes escolarizados como no escolarizados, concurrentes a escuelas privadas y escuelas públicas, del Gran Buenos Aires, la ciudad de Buenos Aires, Gran Córdoba, Santa Fe Capital, Gran San Juan, Gran Mendoza, Gran Salta y Gran San Salvador de Jujuy.

Al referir la discriminación, la mayoría de las y los encuestados la asociaron con distintas formas de la violencia, pero también con aspectos usados para discriminar. Preguntados por “¿qué palabras te vienen a la mente?” al pensar en la discriminación, la mayoría de las respuestas (el punto tomó menciones, pero no las cuantificó en porcentajes) repitieron “agredir, rechazar a otros, faltar el respeto”, “diferenciar, apartar, separar personas”, “aspectos físicos”, “color de piel”, “maldad, bronca”. Que la discriminación, sin embargo, “no está justificada porque somos todos iguales” es la frase que eligió el 76 por ciento de chicas y chicos, ante un 19 por ciento que la justifica “porque no todos somos iguales”, y un 5 por ciento que no acordó con ninguna de las dos.

La amplia mayoría de las y los jóvenes presenció un acto de discriminación: el 75 por ciento, es decir, tres de cada cuatro encuestados. De ellos, quienes con más contundencia refirieron haber sido testigos fueron los encuestados de Córdoba (el 98 por ciento). Los demás distritos, un poco más rezagados, también tienen cifras importantes: en la ciudad de Buenos Aires el 83 por ciento, en Mendoza el 76, en Santa Fe el 74, en Salta el 72, en Gran Buenos Aires el 70 y en Jujuy el 64.

Además, dos de cada cinco (el 40 por ciento) dijo haber sufrido discriminación alguna vez. De ellos, el índice más alto se registró en Santa Fe Capital (55 por ciento), seguido por Capital Federal (con el 45 por ciento), Mendoza (el 44) y el Gran Buenos Aires (el 39).

En cuanto a los motivos de discriminación, el aspecto físico lideró las respuestas. El 44 por ciento de quienes se sintieron discriminados alguna vez señalaron como motivo el tamaño o el peso. Este aspecto fue el más frecuentemente mencionado por las chicas que se reconocieron discriminadas. Entre los varones, en cambio, el motivo más mencionado fue el color de la piel. Para quienes presenciaron episodios discriminatorios, el motivo más usual al que se recurrió fue el color de la piel.

Otras razones usadas para discriminar fueron la nacionalidad, la orientación sexual, el nivel socioeconómico, la discapacidad, la religión, una enfermedad, la provincia de nacimiento, el origen étnico, los antecedentes penales, la edad y el género. Es precisamente en ese aspecto que la encuesta permite sospechar la fuerte naturalización de sesgos de género. Por caso, aun cuando las chicas son las más frecuentemente discriminadas por su aspecto físico, sólo una ínfima parte de quienes fueron testigos (2 por ciento) y otra tanta de quienes fueron víctimas (el 4 por ciento) de discriminación señalaron el género entre los motivos. Podría sospecharse que el sexismo atraviesa más de una de las categorías que se perciben como motivos de discriminación. La diferencia, tal vez, resida en que chicas y chicos no perciben aún con claridad el sexismo detrás de ciertas conductas o lo hayan naturalizado al punto de haberlo incorporado a su universo de valores cotidianos y esperables.

Tanto las víctimas como los testigos refirieron la escuela como el principal escenario de la discriminación (el 63 y el 69 por ciento, de acuerdo con cada grupo), seguida por la calle (17 y 20). Quienes fueron testigos, vieron en su mayoría cómo discriminaban a compañeros de escuela y amigos (62 y 19 por ciento); quienes sufrieron los episodios dijeron haber sido discriminados por su compañero de escuela (61 por ciento) y su amigo (20). Para chicas y chicos, las personas más discriminadas en Argentina son los inmigrantes bolivianos (19 por ciento), lejos, con un 6 por ciento, las mujeres.

Por otra parte, la mayoría cree que la sociedad argentina es “bastante” machista (47 por ciento), racista (49) y xenófoba (49). Que es “muy” machista y racista lo creen el 35 y 34 por ciento, respectivamente. Que es “poco” xenófoba el 24. Al sumar los resultados de “muy” y “bastante”, el registro da cuenta de que la mayoría de los adolescentes encuestados cree que vive en una sociedad machista, racista y xenófoba (82, 83 y 72 por ciento, respectivamente).

Además, la mayoría cree que el país tiene una juventud consistente con esa sociedad que valoraron: la creen “bastante” machista (47 por ciento), racista (52) y xenófoba (51). “Muy” machista el 27 por ciento, “muy” racista el 29. “Muy” y “poco” xenófoba el 22 por ciento, en cada caso. Sumando, se puede concluir que la mayoría de chicas y chicos cree que la juventud argentina es notablemente machista, racista y xenófoba (74, 81 y 73 por ciento, respectivamente).

Por Soledad Vallejos
En Página 12, 15 de Julio de 2011