martes, 2 de febrero de 2010

Disfunción Paterna

En los consultorios de psicólogos, de psiquiatras y de psicoanalistas es habitual reconocer comportamientos y actitudes que modulan un tipo de rol paterno con el que se podría identificar a los padres “teóricos”. Estos se caracterizan porque inhiben la función en lo tocante al ejercicio de la autoridad. Esa inhibición tiene como principal causa el temor a caer en el autoritarismo o que se lo tilde de tal. Tal temor los condiciona de modo que muchas veces dejan de ejercer la necesaria autoridad, dejando a sus hijos desorientados, lo cual es condición para que éstos lleven vidas desordenadas: accidentes, carencias de valores e ideales, adicciones, delitos: indicios de que los hijos están en la búsqueda de límites que los contengan.
Ser padres es una función que se expresa mediante roles en el seno de la familia y que tiene efectos en lo social. Se caracteriza por su interdependencia con los otros roles familiares. En este sentido es importante no desconocer la función materna que, siendo complementaria con la del padre, la inaugura y conviene que la sostenga ante el hijo.
Tradicionalmente, el rol paterno se concebía como aquel que cumplía con las actividades de engendramiento, reconocimiento, provisión y control de los hijos. Alrededor de esa función se organizaba el grupo familiar, lo cual le otorgaba el carácter de orientador y organizador que –más allá de los excesos– cumplía mediante premios y castigos, permisos y prohibiciones. Era el que encarnaba la ley sociocultural de la época.
Actualmente, en líneas generales, esa función ha ido declinando. Contribuyeron a ello distintos factores, como cambios de valores e ideologías o determinaciones económicas. Pero no fueron todas influencias externas las que colaboraron en la devaluación de la función padre.
La desautorización de la función padre como orientador y organizador de la familia sume a los padres en el sentimiento de impotencia, y desde este sentimiento se promueven reacciones que, paradójicamente, los llevan a caer en lo que intentaba evitar, el autoritarismo, o a funcionar como padre ausente. Este último muchas veces se justifica aduciendo la presión de lo laboral, o con la falacia de que quiere que sus hijos crezcan felices, que no sientan límites ni imposiciones, que no se aburran.
Las dos reacciones mencionadas tergiversan la función paterna. Y la disfunción paterna es particularmente gravosa cuando los hijos están transitando la pubertad y la adolescencia, con cambios psicofísicos que para el sujeto son turbulentos y dolorosos ya que está en juego la configuración de la identidad definitiva en el pasaje a la vida adulta. Cuanto más orientado transita el individuo por esta etapa, mayores posibilidades tendrá de ingresar a una adultez sana.
El desarrollo psicoevolutivo de cada sujeto debería implicar un doble crecimiento, el del hijo y el del padre. Este debería crecer con el hijo, esto es: adecuar su función orientadora a las distintas etapas por la que transita el hijo, sabiendo cuándo deberá soltarle la mano para que pueda recorrer –eligiendo– sus propios caminos. Es el modo de ganar autoridad sin caer en el autoritarismo y formar al hijo como individuo libre. Es también saber educar; ya los griegos sostenían que sólo se aprende en un clima de amor.

Por Enrique M. Novelli
Miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina.
Diario Página 12, 1 de Febrero de 2010

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